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Catar Vinos

Las sorpresas de la vinoterapia.

sesión de vinoterapia

Mientras se tumbaba boca abajo en la camilla, recordó el delicado sobrecito morado. Cuando lo tuvo en sus manos, frunció el entrecejo y leyó: “Sesión de vinoterapia para dos”. “¿Vinoterapia?”. Andoni sonrió y con el aire de superioridad que le caracterizaba, como si estuviese explicando algo obvio a un niño pequeño, dijo “Sí. Masaje con vino, velas aromáticas, degustación de buen vino”. Le guiñó un ojo y agarrando su cintura para acercarla a él, añadió “el vino nos ayudará a entonarnos un poquito…”.

Idoia hubiese preferido una bufanda nueva, o un buen libro, pero se resignó y esperó paciente el día elegido. En cualquier otro momento de su vida, el detalle le hubiese hecho mucha ilusión. Adoraba las sorpresas, y le encantaba la aventura (parapente, puénting, rafting, salas de escape…había hecho casi de todo).

Pero los 35 años le pesaban. O quizás fuese la monotonía de su vida, y de su relación. Aun así, decidió ser positiva, y pensó que, a lo mejor, no les vendría mal pasar un tiempo juntos saliendo un poquito de la rutina. Y allí estaba, relajándose, dejándose hacer, disfrutando del placer sensorial…
Pensó que el día estaba siendo perfecto, habían salido hacia La Rioja, con una mañana fresca pero bonita, y cuando la niebla matinal se fue disipando, disfrutaron del paso del verde al ocre de los campos de cereales.

Pero, sobre todo, de los espectaculares girasoles que había al borde de la carretera. Eso hizo que su humor cambiase. Los girasoles siempre le habían impactado. Todos deberíamos hacer como ellos, volcarnos hacia la luz, hacia lo bueno, hacia lo que nos da vida y nos hace crecer, y dar la espalda al resto.

Tras llegar al pueblo y alojarse en el hotel, o spa, o bodega… porque era todo eso y más, se adentraron en la oscuridad de la bodega acompañados de una mujer vestida de una elegancia innata que les guio por el mundo de las cepas, las barricas o cubas, los diferentes tipos de vino… Salieron con información suficiente para producir su propio vino.

También, tuvieron la ocasión de perderse por el precioso pueblo de calles empedradas. Se encontraba en un alto, elevado, y desde él había muy buenas vistas panorámicas de toda la zona. Los abundantes bares y restaurantes invitaban a entrar al calorcito del interior y saborear el fruto de sus tierras. “Parece mentira, ¿verdad?, un paisaje tan seco, y que tengan un vino tan bueno” observó Andoni. “Es como si le exprimiesen a la tierra su última esencia”. Ella sonrió y bebió un sorbo “elixir de los dioses, y, manjar de reyes”, repitió las palabras oídas en la bodega.

El olor a sarmientos les condujo a un restaurante, donde degustaron unas sabrosas patatas a la riojana, seguidas de unas chuletillas. Esos olores y sabores la transportaron a su infancia. De hecho, se percató de que identificaba esos platos con la familia, con estar con los suyos. Y por un momento, se sintió como cuando era una niña sin demasiadas obligaciones y con la protección incondicional de sus padres. La nostalgia la reconfortó, aunque no fue ajena al dolor de la ausencia que pasó sigiloso como una sombra.

“Te voy a hacer un peeling con compuestos naturales que eliminará las células muertas ¿vale?”, le dijo la vinoterapeuta. Intentó concentrarse en la experiencia que estaba disfrutando. La habitación débilmente iluminada por un par de velas aromáticas, la suave música de la que no había sido consciente hasta ese momento, y el sabor del vino explotando en su boca tras el leve sorbo dado a la copa…superaban sus expectativas.

Y todavía quedaba el masaje, con aceite de pepita de uva y la relajante bañera de hidromasaje con extracto de los maravillosos frutos de la vid. El vino recorría su cuerpo por dentro y penetraba por los poros de su piel invadiéndola, revitalizándola y agudizando sus sentidos, haciendo que se sintiese conectada con la naturaleza y con la vida.

Tras el baño, Idoia se sintió muy bien por primera vez en mucho tiempo. Con el albornoz y otra copa de vino en la mano, que saboreó y disfrutó como si su cuerpo, su paladar, llevasen toda la vida preparándose para deleitarlo, escuchó la voz de Andoni tras de sí.

“Eyy, chavala, ahora me toca a mí, ¿no?, ¿puedo entrar ya?” preguntó a la vinoterapeuta, mientras entraba sin esperar la respuesta. En la memoria de Idoia se agolparon cientos de episodios similares. Cuando daba golpecitos en el mostrador con una moneda para llamar la atención de los camareros, los “oye, jefe”, su forma de chistar a la gente, la poca paciencia cuando la comida estaba fría, o poco hecha y su manera de dirigirse a cualquiera que considerara de un status inferior al suyo.

Alguna vez había leído algo sobre ese tipo de conductas. “La regla del camarero” o un nombre similar, que se resumía en afirmar que la forma en que tratamos a la gente que nos atiende, dice mucho de cómo somos. Ese comportamiento de Andoni siempre había estado ahí, él siempre había sido así y a ella siempre le había disgustado, pero cada vez le resultaba más insoportable.

Es curioso como con el paso del tiempo pequeños detalles que nos desagradan se convierten en obstáculos insalvables.

“Venga, empieza ya, a ver si esto de la vinoterapia, vale lo que he pagado” oyó a Andoni decir. Suspiró reconociendo que hablar del dinero que gastaba, de lo que ganaba y de todos los gastos de los que se hacía cargo, era un rasgo muy característico de él.

En ese momento, Idoia miró su copa, removió el oscuro líquido que contenía, olfateó el vino dejando que por su pituitaria penetrase el olor y llegase hasta algún rinconcito de su cerebro, y bebió el último trago de su copa.

Serena, tranquila, relajada… subió a la habitación, se vistió, metió en la pequeña maleta lo poco que había sacado de ella. Se puso la chaqueta, palpando en el bolsillo las llaves del coche y lanzó una última mirada a la estancia. Allí, en una esquina de la mesa, habían dejado un pequeño detalle, una botella de tinto y unos bombones. Sin dudarlo, cogió la botella de vino y se fue dejando atrás sus preocupaciones, su estrés, y su vida. Sonrió pensando para si misma que eso de la vinoterapia… realmente funcionaba.

Autor: Silver